Sinfonía de autodestrucción

metallica-2016

Los cuatro jinetes del metal están de nuevo y luego de ocho años de ausencia discográfica, Hardwired… To Self Destruct llega con 88 minutos de material para oídos de todos los gustos.

Fiel a su estilo, el conjunto salido de San Francisco no pide permiso para hacer lo que se le antoja y decide lanzar un álbum doble que roza la hora y media de duración en una época en la que el intervalo de atención del oyente se reduce casi a cero ante la invasión de notificaciones y alertas que genera la conexión constante con sus dispositivos. Si escuchar un disco simple sin caer en la distracción es toda una odisea, esta vez el desafío se duplica. Sin embargo, acompañado por una campaña publicitaria masiva (un videoclip distinto para cada una de las 12 canciones es solo un ejemplo) más una serie de shows en distintos países, Metallica logra que la salida de su décimo disco de estudio sea un hecho relevante alrededor del globo y si bien dista muchísimo del nivel de su predecesor Death Magnetic (2008), consigue dejar a una banda bien parada.

“Hardwired” fue el primer corte de difusión y es la demostración directa de Thrash Metal que abre al disco uno. Si bien a primera escucha la voz corre un poco forzada a la velocidad de la canción, James Hetfield aprieta los dientes profetizando con una letra que nos condena a todos mientras Lars Ulrich demuestra habilidades con el doble pedal que creíamos perdidas en él. Los dos cortes restantes, “Atlas… Rise!” y su breve guiño a “Hallowed Be Thy Name” de Iron Maiden, junto con “Moth Into Flame” conforman algunos de los puntos más altos y se destacan por ser las más gancheras. Por otro lado, el groove de “Now That We Are Dead”, con una sección de machaques entrecortados reminiscente al mejor Pantera, promete llevarla directo a la lista de temas de la Worldwired Tour.

Caso contrario es el de “Dream No More”, donde la banda se sumerge en su zona de confort actual (algo que se repite hasta el cansancio en el disco dos) con ritmos a medio tiempo y acordes oscuros, marcando el primer gran cambio a comparación de los cuatro anteriores. La letra menciona el despertar de la célebre criatura lovecraftiana Cthulhu, sin embargo, luego de unos intrascendentes seis minutos y medio, comenzamos a dormirnos. Por suerte, la atmosférica “Halo Of Fire” llega para erigirse como uno de las mejores composiciones en los últimos 25 años del grupo. Con distintos cambios de clima y un quiebre en el minuto seis que la eleva aún más, su extensa duración queda completamente justificada y conforma un gran cierre del primer disco.

Contrastando con lo anterior, es en la segunda parte donde aparecen los problemas y el nivel baja considerablemente. “Confusion”, “Am I Savage?” y la titulada a la fuerza “ManUnkind” pasan desapercibidas por monótonas e insípidas para conformar una seguidilla descartable que empobrece a la placa y que ni siquiera al intercalarse con una correcta “Here Comes Revenge” puede ser remediada. Con un comienzo que mira de reojo al de “Welcome Home (Sanitarium)” de Master Of Puppets (1986), “Murder One” es el homenaje mal aprovechado al legendario Lemmy Kilmister, fallecido en diciembre del año pasado. La lírica repleta de referencias al ídolo de Motörhead (ases de espadas y caballos de hierro por doquier) termina muy por encima de una composición cuadrada que desafortunadamente no lleva a ningún lado. El cierre final lo trae “Spit Out The Bone” con la misma agresividad y furia que “Hardwired” pero aumentada en minutos donde toda la banda pisa el acelerador y Kirk Hammet, de poco aporte en la totalidad del trabajo, se luce con un solo salido directamente de la época de Kill ‘Em All (1983).

En Hardwired… To Self Destruct hay una banda consagrada hace años y que no tiene que demostrarle nada a nadie. Lógicamente, al no ser ya ese grupo de adolescentes enfurecidos que irrumpió en la escena de la Bay Area dispuesto a llevarse al mundo por delante con tal de saciar su hambre de gloria, la comparación con los primeros cinco discos es innecesaria y exigir aunque sea un nivel similar resulta inaceptable. El dilema está en cómo se vería la placa siendo un único álbum sin tantas piezas de relleno, recortando una gran cantidad de minutos fácilmente olvidables. De ninguna manera se trata de pasos en falso como Reload (1997) o bochornos al estilo St. Anger (2003) pero será cuestión de tiempo para que la nueva entrega de los estadounidenses madure y obtenga su veredicto final.