01 de Abril de 2017 – Teatro Vorterix

Grave Digger: Puntualidad alemana clavada en los 80’

Los legendarios germanos solo demoraron la vuelta. Volvieron, vieron y vencieron. Ahí donde muchos caen vencidos, ellos mantienen estilo, impronta, clichés y look, ese que muchos hoy imitan con éxito pero sin ser genuinos. Como si las décadas no hubiesen pasado.

La puntualidad es una virtud alemana. El mérito germano es la contracara argenta. Uno cae sobre la hora en la que arrancan los shows y recibe un ticket y un gruñido. No como el que se oye cuando lo están palpando y que proviene de un Chris Boltendahl que a los 55 años mantiene intacta la gola. Y la gala que ostenta todo heavy metal old school que se precie de tal. La voz de Grave Digger, muy por encima de los demás instrumentos, suena impecable, como si hubiese enterrado a los años que claro está nunca vienen solos. Tampoco lo está el canoso cantante que acompañado por Jens Becker en bajo, Axel Ritt en guitarras, Stefan Arnold en batería y el calaverico Marcus Kniep en los teclados, pone primera a su máquina de heavy metal ochentero.

Lo hacen con “Healed by metal” a la hora señalada de un reloj de precisión pero que, deliberadamente, atrasa más de 30 años. Es que la impronta, el sonido, las poses, los clichés y hasta las muecas remiten a una banda digna de la NWOBHM o Nueva Ola del Heavy Metal Británico, movimiento surgido a fines de la década del 70´.

Si bien no son ingleses, la ola cundió en Europa y Alemania no fue la excepción. Y si bien Grave Digger está catalogada como una banda de power metal, el grupo cada vez tiene menos que ver y oír con el subgénero del que sí los alemanes son reyes indiscutidos.

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“Lawbreaker”, “Witch Hunter” y “Killing time”, un tiempo que no pudo matar a los orígenes del quinteto, anteceden la bajada de cambio que mete “Ballad of a Hagman”, momento que encuentra a un agradecido Chris, saludando al público argentino, al que pondera como suelen hacer los frontman, mezclando inglés y algún que otro saludo o agradecimiento en español.

Un Vorterix que si bien no estaba repleto pero tampoco lucía raleado siguió recibiendo con euforia aunque sin pogo intenso ( somos mayoría Sub 40, sub 50 y muchos sub 30 no olvidar) la andanada de canciones y clásicos entre los que se destacaron “Lionheart”, “Tattoed Rider”  y “The Dark of the Sun” preludio del coreadisimo “Hallelujah” antes de que un bienvenido solo de teclados del muchacho escondido detrás de una calavera icónica y tan anticuada como los sepultureros diera paso a “Excalibur”, también muy celebrado, antes de unos bises que hicieron mover las cabezas mientras litros de cervezas coronaban la fiesta, vasos y cuernos en alto.

El único reloj que avanzaba en la fiebre jevimetalera del sábado por la noche era el de un set list generoso para el fan más acérrimo. La indumentaria, el pelazo y la pose de un violero anclado en los ochenta invitaba al flashback ineludible, los pantalones de cuero del cantante, su chaleco de jean gastado, la calavera del tecladista, la pose y las muecas del bajista, más la cara tan Adrian Smith del batero hacían rechinar los resortes de un andar de unos “Pepe Lui” germanos clavados en los ochenta. Mientras en los escalones del fondo un satisfecho y encuerado Marcelo “Tommy” Moya (manager de un tal Ricardo Iorio) completaba una escena más digna del mítico y desaparecido “Halley” de calle Corrientes que del reducto de Colegiales.

A la hora de los bises, Grave Digger mostró lo mismo que a la hora de los bifes: actitud, garra (que no es lo mismo que power) y corazón. Y “Heavy Metal Breakdown” marcó la hora del final que solo sobrevendría luego de un breve set de comicidad en la que Boltendahl peló dotes de showman, mientras un bajo en alto, una viola en caída, y un baterista triunfal coronaban la escena mientras recibían su merecido. Como esa pequeña multitud de “jevimetals” que no ven la hora de de que el enterrador alemán vuelva antes que los años o la tumba los devore.

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